Carmelo Arribas Pérez
Nos hemos acostumbrado a ver el busto de Augusto o la esfinge de Gizeh, con la nariz rota. Pero esto no fue una cosa casual, sino intencionada.
Pero. ¿Por qué hay tantas imágenes y bustos a los que se les ha roto la nariz? Porque resulta que tras un examen de la cara de la Esfinge, este mostró que se habían clavado largas varillas en la zona de la nariz, una desde el puente y otra por debajo del orificio nasal, para arrancarla hacia el sur, lo que produjo una rotura de un metro de ancho, que se perdió. El estudio arqueológico no es muy preciso en la fecha en la que se hizo, diciendo, que esto pudo hacerse en cualquier momento entre el siglo III hasta el X. d.C.

Tan es así, que incluso se cree que a algunas de las figuras, que se encontraban en las tumbas egipcias, se las rompieron los ladrones, para “matarlas ” porque aunque lo que les interesaba era robar, también les preocupaba que la persona fallecida pudiera vengarse, y mutilaban su imagen para impedir que su espíritu, pudiera volver. Porque los antiguos egipcios creían que las representaciones, contenían las almas de los difuntos o la esencia de la deidad. En consecuencia, las estatuas, los relieves y otras imágenes representaban una especie de portal entre el mundo de los vivos y el mundo sobrenatural de los dioses y los muertos. La religión estatal egipcia, establecía «un acuerdo mediante el que los reyes de la Tierra proveían a la deidad de ofrendas, y la deidad se ocupaba de proteger a Egipto». Pero si le dañaban la nariz, el espíritu que contenía la estatua dejaba de respirar, y moría.
Y este sentido de permanencia del espíritu a través del aire, era un sentimiento general de muchas civilizaciones, y que continuaba en las representaciones. No es de extrañar, que a muchas de ellas nos las encontremos con las narices rotas, ya que los enemigos se las rompían, para producir «su muerte» y evitar que volvieran a vengarse.
Y este sentimiento fue recogido por los romanos. Dion Casio nos cuenta, cómo Augusto fue a visitar el cadáver de Alejandro y lo estuvo tocando de tal modo que, según dicen algunos, le rompió la nariz. Era evidente el por qué. No quería que volviera.
Luego, serían los bárbaros, los que destruirían las narices para “matar” el espíritu de los representados. Y este es el motivo, por el que el mismo Augusto que vemos en el Museo Romano y algunos bustos como el de la Gitanilla, o la estatua de Plutón del Teatro Romano, pudieron haber perdido la nariz, alguien quería destruir su espíritu.
Y esta creencia permaneció, durante siglos, tan es así que una de las herejías de los primeros tiempos del Cristianismo está relacionada, con ella. A finales del s. IV, un grupo abanderado por el Patriarca de Constantinopla, Macedonio, niega la divinidad del Espíritu Santo. Son los llamados «Pneumatómacos», etimológicamente del griego, pneuma (aire, espíritu) y maje ( lucha), y hasta se afirma que en sus oraciones, se tapaban o se metían el dedo en la nariz, para significar que negaban al «pneuma», el aire, el Espíritu Santo. En cierta manera, estos herejes tenían unas ideas que los asemejaban a los arrianos, que tampoco admitían la divinidad del Espíritu Santo, así entre otros elementos subliminales los católicos, para afirmar esta igualdad Trinitaria, plasman en algunas columnas visigodas, como vemos en el Museo Visigodo de Mérida, representaciones de una vid, en la que, del “Padre” (el tallo), surge una hoja, por la que respira la planta (el pneuma, el Espíritu) y un racimo de uva, que representa a Cristo.
Y este sentido de permanencia a través del aire, era un sentimiento general de muchas civilizaciones, que continuaba en las estatuas. No es de extrañar que a muchas de ellas nos las encontremos con las narices rotas ya que los enemigos, se las rompían, para producir «su muerte» y evitar que volvieran.
Y es que los enemigos, en toda la historia de la humanidad, han tocado, siempre y mucho, las narices.

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