Amigos de Mérida


Augusta Emérita nadaba en la abundancia. Sus ciudadanos disfrutaban de uno de los más necesarios y escasos bienes: el agua. Los fundadores de la capital romana en el oeste peninsular deseaban mostrar el poderío del Imperio, y nada más acertado que asegurar la salud e higiene de sus ciudadanos con un suministro abundante de agua, el bien más necesario.

Diez kilómetros de galerías subterráneas trasladan el agua desde el embalse de Proserpina hasta casi las puertas de la ciudad. Casi, porque, para el Imperio, no bastaba con asegurar el preciado líquido a sus ciudadanos, era necesario mostrar al mundo que lo hacían. Para ello nada mejor que un kilómetro de arquerías de granito y ladrillo con una altura máxima de 25 metros sobre el cauce del Albarregas para asombrar a quien arribase a la ciudad desde la vía de la Plata. El acueducto de los Milagros.

Este impresionante monumento no es solo una bella muestra de nuestro pasado más luminoso, es también un símbolo de la propia Mérida a lo largo del tiempo.

Los romanos construían para la eternidad. Cada uno del casi centenar de pilares que componen la arquería del acueducto se refuerza con contrafuertes en ambos frentes y reviste con sillares de granito y mampostería. Belleza y fortaleza se unen en tan elegante diseño.

A lo largo de los siglos el acueducto ha sufrido ataques, desgaste y expolio. Aun así, continúa erguido.

Todavía majestuoso, se muestra desnudo de contrafuertes y mármoles, erizado de nidos de cigüeña y quebrados sus arcos.

Como la propia Mérida, que ha perdido muchos de sus contrafuertes culturales, aquellos sustentos que la mantienen segura en pie. Ahora, como el acueducto, debe mantenerse sin red, sabedora que puede caer parte de ella por los embistes de la historia.

Los mármoles que embellecían el acueducto se han perdido, sustraídos por propios y extraños que en su momento consideraron que lo propio valía más que lo común.

Los arcos mantienen la continuidad de la arquería, acogen y reducen las vibraciones producidas por la conducción del agua. Ahora, observamos una continua discontinuidad, como la historia de la propia Mérida. Engrandecida y empequeñecida, quizás sin encontrar aún su lugar en la historia y en un presente cada vez más global y más complejo.

Con todo, el milagroso acueducto persevera, como muestra de la importancia de nacer para asombrar y perdurar. Con mil heridas y amputaciones, continúa superando el cauce del Barraeca, siendo hogar de la vida que sobre él se yergue, recordando a quien pasa que Mérida nació para perdurar y asombrar al mundo.

 

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