Álvaro Vázquez y Monserrat Girón

Concejal y Concejala de Unidas por Mérida (IU-Podemos)


Lo bueno de la crisis es que nos permiten a todos y a todas alterar nuestro orden de prioridades, permitiéndonos distinguir entre lo verdaderamente importante y aquello que en realidad es poco menos que irrelevante. Ahora que hemos aprendido que las personas que reponen los productos en las tiendas y supermercados son más importantes que los gestores que especulan con fondos de inversión, deberíamos pararnos un poco, pero esta vez para pensar en cuanto hay de cierto en todo aquello que nos han contado en las últimas décadas. Hemos averiguado, porque así nos lo ha ensañado la realidad de los hechos, que los poderes públicos son más importantes de lo que parecían, y que lejos de ser una vieja antigualla en retroceso no son más que un instrumento a tu servicio. Esa es la cuestión.

La relación de las personas con su ayuntamiento, con su comunidad autónoma, o con el gobierno de la nación se vertebra sobre la noción de ciudadanía, entendida como la cualidad que nos permite realizar nuestra existencia como sujetos protegidos por una serie de derechos. Las personas que en los primeros días se dirigieron a la sanidad privada para protegerse de los efectos de la epidemia lo saben bien, su condición era de clientes, no la de ciudadanos, y como a clientes los trataron. El mercado no conoce más lealtad que la de tu cartera,  por eso algunos de sus defensores les dedican a los parados exabruptos como: “que se jodan”, a la hora de aprobar la disminución de las prestaciones del desempleo (eso ha pasado en nuestro país), o bien se refieren peyorativamente al aumento de las prestaciones sociales como “paguita”.

El lógico, aquellos que entiende que las personas deben ser meros clientes que se relacionan a través del mercado en lugar de ciudadanos dotados de derechos, rechazan cualquier mecanismo ajeno a la lógica del dinero, posiblemente porque ellos tienen el suficiente. La pregunta es como quieres que te traten a ti. ¿Cliente o ciudadano? Las personas que formamos parte de Unidas por Mérida lo tenemos bastante claro.

También defendemos la ciudadanía de las personas que hoy en día sufren el confinamiento en viviendas pequeñas y mal acondicionadas, y la que aquellos que por su trabajo se exponen todos los días a los riesgos del virus porque no se puede trabajar en la obra o limpiar escaparates mediante el teletrabajo. Tengámoslo claro, el virus no entiende de fronteras, salvo la que se levantan entre las diferentes clases sociales, y de eso va el mercado.

Estos días tan extraños en los que lo evidente se ha vuelto confuso, hemos dirigido nuestra mirada hacia todos aquellos que viven peor, pero no debemos olvidar que los que soportan el confinamiento en condiciones precarias, ya fuere por motivos laborales, por el mal estado de su vivienda o simplemente porque no tienen quién les acompañe, ya vivían en esas condiciones el mismo día antes de la declaración del dichoso estado de alarma. La conmiseración y la comprensión están muy bien, ¿pero, qué es lo que vamos a hacer al respecto? ¿vamos a permitir que esas situaciones se perpetúen tras el fin de la epidemia?¿O vamos a defender su condición de ciudadanos, que es la nuestra?

A nuestro parecer, la pregunta más relevante no es cuando terminará la epidemia, ni cómo se irán sucediendo las distintas fases de la desescalada. Lo verdaderamente importante es que salgamos de esta crisis en mejores condiciones de las que nos condujeron a la misma, que decidamos que queremos ser, que tomemos la iniciativa como ciudadanos y exijamos lo que nos corresponde. En definitiva, que nos comportemos como adultos, que asumamos nuestras responsabilidades con respecto a la gente que nos rodea y que conviven con nosotros, actuemos en consecuencia, como ciudadanos. El que elija ser cliente que se vaya a mirar escaparates.

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