Fran Medina Cruz


Edward John Smith, era el capitán mejor valorado en su línea, muy recomendado y reconocido por personajes de la alta sociedad inglesa, con una dilatada carrera de casi cuarenta años, y con sobre nombres como “El Rey de la tempestad”. Trabajó como oficial en varios navíos en rutas a Australia y Nueva York, hasta conseguir en 1887 su primer mando, el SS Republic. En los años siguientes Smith comandó varios de los navíos de la empresa, entre ellos el SS Britannic, el SS Baltic, el SS Cufic, el SS Republic, el SS Coptic, el SS Adriatic, el SS Runic y el SS Germanic.  En 1895 asumió el mando del RMS Majestic, ejerciendo como su capitán ininterrumpidamente hasta 1902. , el 8 de mayo de 1907, asumió el mando del nuevo RMS Adriatic  y después en el RMS Titanic en 1912 que fue su desastre, por atrevido, osado y poco calculador.

         Como observamos, si fuese por currículum el Titanic nunca se hubiera hundido, pero no fue así. Un currículum te da confianza pero nunca te ofrece inmunidad, y todos aquellos que anteponen experiencia frente a hechos se hundirán con el Titanic, o peor aun, llevarán al resto del pasaje a una muerte segura por enfriamiento o ahogamiento. El derecho a ofrecer resistencia frente a unos hechos que son del todo demostrables, certeros e inequívocamente desastrosos, es argumento suficiente como para querer cambiar de capitán o bajarte del navío, y aquellos que se postulan y se aferran a un currículum, serán cómplices de por vida del desastre que se prevé que desencadene, tanto despropósito, tanta improvisación, y tan poca gestión y visión de futuro. El iceberg que se está acercando no está siendo advertido por este capitán, o peor aún, juega con el tiempo y la fe, de que todo quede en solo un rasguño, para así conservar el mando de la nave por mucho tiempo.

         Que no me vengan con historias, a estas alturas de la travesía, de que  “por el bien de común, o del país” hay que estar al lado del capitán. Que no me tilden de desleal, amotinador, facha o cualquier adjetivo recurrente por querer conservar la vida pidiendo el cese del capitán de mi barco. Que no me ofrezcan dádivas en forma de subsidios que nunca llegarán, que no me prometan, ni me envuelvan la realidad que se divisa ante mis ojos por la retorica de un mundo nuevo, una nueva realidad. Por ésto, déjenme que alce la voz y apártense de mí, si no quieren, primero, terminar en el mar, y segundo, ser cómplices futuros del desastre que se avecina.

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