Amigos de Mérida


A las ocho de la mañana de hace unos días, cargado de sueño, sorteando las vallas de obra que aún daban la bienvenida al viajero, arrastrando una pequeña maleta, entro en la, todavía en proceso de renovación, estación de ferrocarril de Mérida.

Me dirijo somnoliento hacia la cafetería en busca de un imprescindible café que cubra las imperativas necesidades de cafeína que demanda mi cuerpo, para comprobar que esta no existe. Decepcionado, me siento en uno de los cómodos asientos que adornan el pasillo, procurando la aconsejada distancia de seguridad con los otros, pocos, viajeros que, igual que un servidor, esperan la llegada del tren. Levanto la mirada y frente a mí encuentro dos fotografías de corte clásico franqueando las puertas de los servicios. De suelo a techo, embellecen el lugar, más si cabe considerar la evidente provisionalidad del entorno en el que las obras de mejora y adecuación brillan elocuentemente.

De algún lejano recoveco de mi mente surge la memoria del rostro que mis ojos perciben. Florencia. Miguel Ángel. El bello rostro de David atento al gigante.

Nadie puede desmerecer la presencia de la célebre escultura en ningún lugar; pero ¿No ubicaría mejor al viajero que llega a nuestra estación la imagen de Augusto velado? ¿o las impresionantes columnas del teatro romano?

No puedo calificar la fotogenia de nuestra ciudad, pero sí mencionar bellos lugares que suelen formar parte de los recuerdos de los visitantes y de los habitantes de la antigua colonia romana.

Imprescindible llevarse de Mérida una instantánea del Museo diseñado por Moneo, o de decenas de las piezas que alberga. Caben también el Museo Visigodo; El imperial arco de Trajano; la sobria basílica de santa Eulalia o su cripta; la más veterana Alcazaba de la península; por supuesto el Circo y el Anfiteatro romanos; las domus del anfiteatro y el mitreo; el elegante y reacondicionado arco del puente Lusitania o el viejo puente romano que lleva ya veinte siglos peinando el río Anas; las serenas y tristes figuras de la Piedad de Juan de Ávalos o su cercana plaza de toros; el majestuoso acueducto de Los Milagros o el de san Lázaro; la plaza de España; el modernista palacio de la China; Proserpina, Cornalvo o cualquiera de los preciados lugares de nuestra ciudad.

Quizás sea solo un detalle insignificante. Quizás Renfe haya dispuesto adornar la estación con algo “clásico” sin considerar nuestro propio patrimonio. Quizás el diseñador nunca haya estado en nuestra ciudad. Seguro que en ningún caso hay mala intención, pero el visitante que abandone Mérida llevará en sus retinas el recuerdo de… Florencia. Quizás no tenga más importancia.

Quizás sea una muestra de la poca importancia que se presta a nuestra capital extremeña.

 

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