Cristina Martín Sánchez

Concejala del grupo Municipal de  Ciudadanos en el Ayuntamiento de Mérida


Comienza el otoño. Maduran los últimos frutos y empezamos a ver como caen las primeras hojas. Si la primavera es tiempo de renacimiento y el verano una explosión, el otoño es tiempo de maduración y culminación, de soltar y de sembrar las semillas de lo que dará fruto el año próximo. Una estación, sin duda, para la reflexión.

Actualmente, en el mundo en el que vivimos, sobre todo en las ciudades, las prisas y la tecnología nos hacen a veces olvidar en qué momento del ciclo vital nos encontramos. Sin embargo, para poder conectar con el mundo que nos rodea, es esencial conectar con la con la naturaleza; percibir los cambios y el transcurrir de los días, las noches y las estaciones.

Los cambios que se producen en el mundo nos cambian también a nosotros. Con el paso de las estaciones no solamente cambia la naturaleza que nos rodea, también se transforma nuestra existencia, que se adapta a nuevos ritmos de luz y oscuridad, de calor y frío, cambios en la humedad y en los vientos que renuevan el aire, cambios de actividad en los ciclos del agua, flora, fauna y cielos.

Atrás queda ya el brillante paréntesis del verano y vuelve a comenzar el curso, la rutina, la vida. El paso del verano ha ido secando el aire y, por eso, en otoño disfrutamos de cielos especialmente claros y limpios, de día y de noche. La luz de la primavera es joven y alocada. La del otoño es sabia y madura.

El otoño se asocia tradicionalmente a la melancolía, nos retiramos del mundo exterior, física y psicológicamente, y nos volvemos hacia el interior. Pasamos menos tiempo al aire libre y estamos más en casa, dedicados a actividades menos energéticas que las del verano: leemos, conversamos y podemos volver a disfrutar del fuego del hogar. El otoño es la temporada para encontrar satisfacción en casa prestando atención a lo que ya tenemos

Las puestas de sol son más largas que en verano. Por eso el otoño nos regala un festival de cielos rojizos, reflejo de los tonos cálidos que cubren primero las hojas de los árboles y luego el suelo de nuestras ciudades y campos.

El verde del verano se transforma en rojo, oro, amarillo, luz cálida sobre la tierra que poco a poco se enfría.

El otoño es la estación en que más llueve en nuestro clima. Con la lluvia emanan de la tierra nuevos aromas que impregnan el ambiente. Caen las hojas y las flores, pero abundan los frutos. Brotan las setas, maduran las bellotas, nueces, avellanas y esas castañas tan ricas, que inundan con su olor toda la calle Santa Eulalia. Para mí, es en ese preciso momento, cuando empieza mi otoño.

El poeta Juan Ramón Jiménez ya nos hablaba de esta estación: “Otoño, joven andaluz de ojos ardientes y cabellos áureos, todo vestido de brocado malva, con hojas amarantas en las manos”.

Y es que a mí nunca me ha parecido el otoño una estación triste. Las hojas secas y los días cada vez más cortos nunca me han hecho pensar en algo que se acaba, sino más bien en un trámite para volver a vivir.

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