Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida

Era casi mediodía de aquel viernes de comienzos del ochenta y dos. Al otro lado del teléfono estaba Pepe Aránguez, concejal de la UCD y Diputado provincial:

– Antonio, han sacado desde Madrid una línea de subvenciones para la celebración del Quinto Centenario de la Unidad de España. ¿Qué podríamos pensar para Mérida? Si se te ocurre algo habría que tenerlo el lunes, para que entre en la documentación del Pleno de Diputación.

Si tuviera que elegir las diez mejores personas que he conocido en toda mi vida , entre ellas estaría, sin duda, quien fuera Alcalde de la UCD, el mismo que me ponía en la tesitura de inventar algo para sacar dinero al Gobierno central . Y eso que los dos pertenecíamos a diferentes partidos políticos, aunque eso no era barrera para mantener nuestro compromiso por Mérida. Así es que convinimos en vernos por la tarde.

Empecé a cavilar, en el intento de satisfacer aquella oferta y recordé que, el año setenta y nueve, Martin López Heras, mi antecesor en la alcaldía, había inaugurado un monolito frente a la Cruz de Carija. Se erigió en un trozo de suelo cedido por Luis García de la Puente y recordaba “La batalla de La Albuera de Carija”, librada en aquellos parajes el año de mil cuatrocientos setenta y nueve. Con la victoria sobre las tropas de su sobrina, Juana “la Beltraneja”, Isabel la Católica se aseguraba el trono de Castilla.

Así es que en Mérida, aunque muchos se esforzaran en ignorarlo, se había empezado a fraguar esta unidad política que es España. Y fue ese argumento el que nos animó a “engancharnos” en aquella iniciativa del Gobierno. ¿Quien podría mejorar la propuesta que iba a presentar Mérida, para aquel singular “quintocentenario”? .

Por la tarde me fui a casa de Pepe Aránguez, con mi maquina de escribir y allí, como funcionarios improvisados , llenamos varios folios timbrados con los méritos que aportaba Mérida , alrededor de aquella trascendental batalla en la que , curiosamente , la nobleza extremeña labró su desgracia al tomar partido por “la Beltraneja” .

El lunes, a la carrera, se organizó todo aquello incorporando planos y reseñas históricas. Se oficializó convenientemente, pasándolo por la Comisión Permanente y se llevó en mano a Badajoz.

La inversión que se pretendía era comprar la Ermita de la Antigua, que estaba arruinada y servia de establo y almacén de aquella huerta, con su inmenso pozo, que hasta siglo y medio antes había sostenido a un grupo de frailes Trinitarios. Aquel espacio recuperado seria el recuerdo de un hecho histórico ocurrido en Mérida cinco siglos atrás.

Confieso que la Antigua había sido para mi una obsesión, cuando fisgábamos entre sus tapias en nuestras correrías de niños. Ahora se me presentaba como la oportunidad mas increíble que pudiera imaginar. Se lo dije a Pepe que se encandiló con esa opción, aunque no teníamos ni idea de lo que podía costar, ni siquiera si podríamos comprarla. Así es que llenamos los folios de intenciones y no de dinero. Para nosotros lo prioritario era que aquel trabajo apresurado, de fin de semana, pudiera pasar por el Pleno de la Diputación Provincial. Luego, ya veríamos. Y pasó como propuesta a Madrid, gracias a los oficios de Aránguez con Pérez de Acevedo, Presidente de la Institución Provincial. Resulta curioso, pero entonces algunas honorables “chapuzas” eran posibles.

El propietario de la Ermita, y la huerta de mas de una hectárea, era Martin Girbal Dueñas, efímero primer Alcalde republicano de Mérida en 1931, por Derecha Liberal Republicana , el Partido de Niceto Alcalá Zamora . No teníamos ni idea si Don Martin pretendía vender aquella propiedad, pero buscamos un aliado excepcional que nos abrió sus puertas: Se trataba de Enrique Garcia Pelayo, un emeritense con talante , militar de la promoción del Rey y sobrino de Girbal .

La cuestión, que tiene muchas anécdotas y alguna que otra arista que ya contaré , es que tras muchas negociaciones , adquirimos la finca con la Ermita incluida . Costó quince millones de pesetas y el Ministerio de Administraciones Publicas, tras varios viajes a Madrid, nos concedió once millones y medio. El resto lo aportó el Ayuntamiento a través de un crédito al efecto.

Luego hubo que levantar todo aquello desde el suelo, para recuperar los nervios y las claves de aquel gótico tardío – “ Isabelino “ – que yacían entre derrumbes . El artífice de aquella brillante reconstrucción fue Pedro García Moya, un maestro en rehabilitaciones históricas y un señor. A el se le adjudicó una obra que supo interpretar a la perfección y en la que, también, colaboró la Escuela Taller.

Posteriormente se adquirió la huerta colindante, permutando parte del volumen edificable que tenia la Antigua y trasladando esa edificabilidad a otros edificios que se construyeron en la Avenida Juan Carlos I. Del resto de la edificabilidad se obtuvo la Casa de la Cultura que flanquea el parque, junto al Albarregas.

Ese parque y su hermosa Iglesia son un homenaje a la Unidad de España, forjada en Mérida , en los prados de su Albuhera de Carija . Y aunque el origen del rescate de ese frente urbano fuera una batalla, las razones que nos animaron fueron de paz y entendimiento. Por ello no alcanzo a encontrar razón que justifique la entrega a la Iglesia de algo que tiene una intencionalidad claramente civil.

Creo que, sin eludir el uso puntual para oficios religiosos, debe primar la concordia y la Ermita de la Antigua ha volver a su dependencia civil. Y ser la seña de identidad de aquel gran espacio social y urbano, porque ello fue lo que nos animó en la hermosa peripecia de su rescate.

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