Antonio Luis Vélez Saavedra


Escribir sobre los seres queridos es especialmente complicado, recordar y reflexionar sobre la propia vida, pararse un momento como decía Machado al borde del camino y echar la vista atrás, es como entrar en una habitación desordenada, donde a primera vista están los recuerdos más comunes, lugares y caras, pero también hay, si se busca con detenimiento y pausa, algunos otros que como tesoros se esconden entre las entretelas de la memoria.

En 1916 nacía mi abuela Justa Sánchez Sánchez, la hija mayor de un industrial emeritense, Leopoldo Sánchez Manzanero, que también fue muy longevo, vivió hasta los 98 años, y al que también tengo la fortuna de recordar muy bien. Cuando falleció su madre, Justa Sánchez González, ella tenia 13 años y contaba con 5 hermanos, seis con ella, luego su padre contrajo segundas nupcias y vinieron dos hermanas más.

La falta de su madre hizo que tuviera que dejar sus estudios para cuidar de sus hermanos. Entonces Justita era una estudiante aplicada y competía con amigas como «Carmelina» García Pelayo por ser las primeras de la clase, tenía el sueño de ser maestra. De esa época mantuvo toda su vida una caligrafía excelente, un arte el de la escritura que no forma parte de las costumbres actuales. Y es que con la tecnología ya raramente usamos bolígrafo y papel, no digamos los plumines o plumas de entonces. Leía y escribía habitualmente, ya de mayor incluso hacía diarios de sus viajes, siempre con esas letras de molde tan ordenadas, que de pequeño me transmitían la sensación de que las palabras y las letras podían ser bellas, casi se podían tocar, como las cosas. En parte me llamaban tanto la atención también porque, como buen zurdo, siempre he tenido una letra horrible.

Aquella vocación de tu infancia, podía haber sido tu profesión pero como dice la frase: la vida es eso que nos pasa mientras hacemos otros planes, y ese no fue el destino que te tocó vivir, aunque vivieras mucho, toda una época, la del convulso pasado siglo XX, con todas sus guerras y movimientos sociales y políticos, aunque por Mérida  pasaran pocos de ellos.

Los recuerdos más vivos que tengo de ti y de nuestra familia son los de la infancia, decía Rilke que, “la infancia es nuestra verdadera patria”. Y para mi esa patria son esos largos veranos en Proserpina, del final de las clases hasta la feria, una constante aventura de baños en el insondable lago, y de científica investigación de la fauna autóctona: luciérnagas, salamanquesas, grillos y gorriatos, conviviendo con la calima veraniega que tú domabas constantemente a base de riego y flip antimosquitos.

Achaco tu longevidad en parte a la absoluta ausencia de vicios como fumar y beber, pero también esos veranos  pude observar que siempre como cuidabas de tu salud, así me enviabas a recoger las bellotas de los eucaliptos que rodeaban el lago para tus vapores y otras hierbas para las infusiones, o como de vez en cuando y, por algún motivo, del panal de abejas que había enfrente de la tapia del chalet cogías una abeja en la palma de tu mano y hacías que te picara, y este chaval no comprendía que hubiera algún motivo que justificara hacer algo así, hoy en día existen tratamientos que usan el veneno de las abejas.

Y al poco de terminar el verano llegaban las inolvidables Navidades, cuando ese edificio que el bisabuelo Leopoldo hizo para su numerosa familia se convertía en una fiesta, seis plantas más animadas que las del Corte Inglés, me transmitieron esa sensación de pertenencia que aun perdura,de casa en casa belenes, aguinaldo y villancicos antiguos, como ese que tanto te gustaba, y que como tantos otros aprendí:

Zaragoza tiene el Ebro, Mérida tiene el Guadiana

Y por Patrona tenemos a la Mártir Santa Eulalia

con ese aire que lleva usted, la boina blanca le va muy bien

El din con el din, el don con el don

Si usted tiene huerta, jardín tengo yo……

o aquel otro:

De tu puerta a la mía rondín pirulí, flor del pirulé y olé

Va una cadena, ole y olé

Tirada por el suelo, rondín pirulí, flor del pirulé y olé

Que amores lleva, olé y olé …….

Poco importaba el extraño significado de las letras, como tantos otros villancicos que cantábamos en tu casa por Navidad y yo me preguntaba: ¿cuándo vienen los de los peces y el peine de la virgen? Aunque lo cierto, como ahora lo veo, es que estos últimos, los más habituales, tenían menos sentido que los nuestros, aun seguimos año tras año cantándolos..

Y tras tantos años fuimos todos haciéndonos mayores, pero tú te negabas a envejecer, siempre ligera, coqueta arreglándote para ir a Sta Eulalia, siempre devota de tu Mártir y de tu Sagrado Corazón de Jesús, estampa que siempre tenías cerca y que de pequeño tanto me impresionaba, un corazón sangrando y rodeado de espinas. Una fe que practicabas desde la intimidad, y así me lo enseñaste cuando rezábamos las noches que cuidabas de mí y me quedaba a dormir en tu casa.

Luego con los años y poco a poco te fueron faltando las amigas, comentabas pasados los 90 !! lo mayores que estaban !!, y poco a poco tu entorno social se fue reduciendo a la compañía de la familia, aunque tu seguiste leyendo tu prensa, viendo las noticias y nunca perdiste el gusto por los merenguitos de Gutiérrez. En los últimos años tu pasión eran tus bisnietos, recordar tu cara cuando entraban mis hijos a verte, con la plata en tu pelo y el oro en tu corazón es uno de mis orgullos y también será el suyo, me encargaré de que no olviden.

Ya centenaria, sin mas enfermedad que los años avanzaste por un camino explorado por muy pocas personas, desafiando al gran reloj del mundo y las leyes que lo mueven, ni una pega podemos los tuyos ponerle a la vida en ese sentido, una vida en la que los más mayores parecen extraños, fuera de esta sociedad. No puede haber afecto mayor, aunque solo sea por el tiempo que nos habéis dedicado sin fallarnos jamás.

A todos nos ha de llegar la hora, y hasta para irte fuiste discreta. Tranquila y rodeada de los tuyos, en tu cama. La fortuna que tuvimos de haberte disfrutado tantos años, con eso me quedo. Y quiero despedirme dándote gracias por el niño que fui y que siempre vivirá en mi interior, en buena parte gracias a ti, y también por hacerme comprobar tras tu marcha que las lágrimas bien vertidas limpian y reconfortan el alma, un alma fuerte como la tuya, que se marchó envuelta en un suspiro

Muchos besos, tu nieto Antonio Luis

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