Mayte Palma


Ya no me quejo. A veces pienso que todo lo que me ha pasado en esta vida ha sido siempre por el efecto de mis malas decisiones. Me he dejado llevar demasiadas veces como un pez muerto por la corriente de un río de aguas bravas, o como una hoja caduca, desprendida de un árbol en otoño que, en su vuelo, ya no es importante. Me lo decía mi padre siempre, y yo hacía oídos sordos, aunque en lo más hondo de mi ser sabía que tenía más razón que un santo; “Eloísa hija tienes que espabilarte, no puedes dejar que los demás te arrastren, ¡di algo alguna vez joder!”. Esta es mi frase preferida, “que te arrastren”, como si yo fuera un perro que tiene pavor a salir al parque para hacer sus hoyos o socializar oliéndole el trasero a otros animalitos de mi especie y por eso alguien tira de mi para que disfrute del mundo que hay ahí fuera. Mi padre…cómo le echo de menos…si lo tuviera ahora mismo frente a mí, le diría que, a pesar de mi edad, creo que no acabo de aprender la lección y que, en la medida que puedo, para no cambiar demasiado, me dejo llevar, aunque poniendo un poco de resistencia, lo que hace parecer que soy un poco más dueña de mí misma. Se reiría a carcajadas seguro y yo me lanzaría a sus brazos y le intentaría tapar su boca y él me haría cosquillas y terminaríamos los dos por los suelos llorando de la misma risa y cuando nuestros corazones se calmaran me daría un beso en la frente, acariciaría mi pelo corto y me diría con retintín; “¡venga Eloísa ahora ya sabes lo que tienes que hacer!”, pero no papá, la realidad es otra y a pesar del tiempo, de mi edad y de todas mis experiencias vividas hay cosas que nunca cambiarán, porque no, no sé qué hacer…

Debe ser verdad que el mar bravío que ha sido mi vida me ha dejado a la deriva y he llegado sola, a duras penas, a una playa solitaria o abandonada, donde ahora me encuentro, abatida por mi propia amargura y sintiendo que de pronto la vida de ahí fuera ha desparecido en una hecatombe nuclear y que soy la única loca de este asqueroso mundo con todos los miedos aglutinados en mi corazón, incapaz de dar un paso sin agobiarme, llorar o lamentarme de mi propia existencia…y así paso algunos días, mirando desde el balcón soleado y repleto de plantas verdes de mi quinto piso, ubicado en lo que un día fueran las afueras de esta ciudad que ya perdió su dulzura camuflada de pueblo grande y vive con ínfulas de ciudad empequeñecida y triste…y me siento como una presa en un castillo venido a menos esperando al caballero de hermosa y pesada armadura que venga a rescatarme, ese que ni en sueños se presenta, ese que se desdibuja en la lejanía de mi memoria y tuvo un nombre que ahora no recuerdo.

Suspiro y se me escapa el alma camuflada en un ¡ay! que nadie escucha. Aquí tan cerca del cielo bien pudiera esfumarme como una pompa cuando explota y nadie se daría cuenta de que he desaparecido, al menos durante unas horas, hasta que mis compañeros de trabajo notaran mi ausencia o llegara la hora de comer y no me presentara a la fiesta de cumpleaños de mi hermano…y ahora que pienso en mi hermano, qué lejos lo siento últimamente. Si lo miro detenidamente creo ver, a través de sus ojos, un resquicio del alma de mi padre, una pizca de aquella verdad que habitaba su persona, pero este hombre que lleva su nombre y su sangre, nada más carga en ese cuerpo que se mueve por los delirios típicos de los hombres que solo se aman a sí mismos, y voy a verle porque es la parte de mis padres que me queda, lo poco que me ata a quienes me dieron la vida, y porque hay que hacer el esfuerzo de “hacer familia”…

Plantas regadas, casa aireada, cocina recogida, hecha la cama…mi última mirada descansa en la torre de la iglesia que se ve a lo lejos, la Iglesia del Sagrado Corazón a la que no entré nunca, pero me gusta mirar y recrearme en su estilizada torre desde donde las campanas y las cigüeñas anuncian el paso del tiempo…

(Me voy más ligera después de soltar lastre al aire, desde este balcón que tanto bien me hace…otro día gritaré si me apetece…)

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