Antonio L. Vélez Saavedra


La globalización en términos generales es algo sencillo, consiste en que las empresas y los mercados sobrepasan las fronteras nacionales y alcanzan una dimensión mundial.

Esta globalización nos ha traído importantes desventajas: como el obstáculo al mercado y el comercio local; la concentración de la riqueza en los grandes grupos multinacionales, o la deslocalización de la producción en los países en vías de desarrollo, donde la mano de obra y materia prima es más económica, sobre todo porque normalmente no cumplen con los estándares de trabajo, con niños en las fábricas, eso es competencia desleal. También si la normativa de países como China es distinta a la europea en términos de medio ambiente, se produce una desventaja injusta en costes que han de afrontar los países que sí se preocupan por estos temas, y además hay un daño para el planeta.

Por otro lado las ventajas, la libre circulación de bienes y productos importados, el desarrollo tecnológico, la facilidad para los intercambios culturales, una mayor competitividad empresarial y de calidad de productos, o el aumento del turismo. Ventajas que hacen, por ejemplo, podamos contar con un teléfono móvil o tecnología a un precio asequible, o a nivel nacional que vinieran 83 millones de turistas en 2019, aproximadamente el doble de la población de España.

Es por ello que hay que estar continuamente valorando, sin populismos, si el beneficio de la globalización excede a los costes, y haciendo los ajustes necesarios. Y digo sin populismos, porque parece surgir con fuerza el movimiento contrario, la Anti-globalización. En uno y otro extremo de izquierdas y derechas, unos abrazando nostalgias autoritarias del pasado, y los otros en posturas revolucionarias rupturistas, defienden igualmente un modelo autarquico como el que se vivió en España durante la dictadura, que obligada por su aislamiento internacional, no le quedaba otra solución que autoabastecerse. Fue en esa época y por esos motivos cuando funcionaron en Mérida el Matadero, la Corchera, Hilaturas, la Casera, y todas esas empresas que constituyeron la conocida como Mérida Industrial, época de crecimiento económico y comercial de la ciudad, eramos entonces nosotros los que estábamos en vías de desarrollo..

Ha llovido desde entonces, y el único superviviente de aquella época que se mantiene en la ciudad es la marca Apis, que desde Mérida sigue elaborando los derivados cárnicos de la marca, patés, magros, callos… Una empresa y un producto que sigue manteniéndose gracias a su calidad en el mercado.

Y frente a las que se mantienen o cerraron arrasan los nuevos modelos de negocio, como el de Amazon, multinacional dirigida desde Silicon Valley. Un modelo que pelea ya no con las administraciones a todos los niveles, europeo o nacional para no pagar los impuestos del inmenso negocio que generan, además pelean por mantener unas condiciones precarias para sus trabajadores, conductores y trabajadores esporádicos trabajando como autónomos por horas, sin derechos, salud o baja por enfermedad que afecte a sus contratistas.

Es por eso que no podemos identificar ese modelo de negocio por muy exitoso que sea como un avance, o confundirlo con el progreso. Comprarle a empresas como Amazon un producto que venden en una tienda de nuestra localidad, que mantiene puestos de trabajo y que paga impuestos, es un daño que nos hacemos a nosotros mismos como sociedad.

Nos está costando percibir este tipo de problemas, como el de la compra por internet o el de la precariedad laboral que empeoran nuestro modo de vida. Esta pandemia además ha favorecido enormemente este problema. Si no alcanzamos a ver la relación directa entre la debilidad de la sanidad o la educación, en definitiva de los servicios públicos esenciales, y el triunfo de estos modelos de negocio que extraen la riqueza de nuestra sociedad sin devolver o devolviendo muy poco a cambio, entonces iremos conduciéndonos con los ojos vendados hacia un futuro peor. Es necesario corregir desde España y Europa algunos los aspectos más perjudiciales de los que está generando la globalización, y por supuesto está en nuestra mano contribuir consumiendo en el comercio local y, a ser posible, eligiendo los productos con menos kilómetros a sus espaldas.

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