Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida

Hasta donde alcanza mi memoria aun recreo las imágenes de aquel teatrillo que se instalaba algunos inviernos en la Plaza de Pizarro, cerca de la fuente de hierro pintada de verde con grifo de bronce. Aquellos “cómicos de la legua”, llegados del cansancio y sus caminos, vivaqueaban entre nosotros por el tiempo frío, el de las noches cortas, en busca de una transitoria estabilidad. Seguramente porque la pequeña ciudad-pueblo, rodeada de eras, complejos industriales y raíles de trenes, debía ofrecerles la garantía de que algo podía sobrar para adquirir unas entradas.

Titulado pomposamente como Teatro Avenida, a su amparo se aposentaba la “troupe” de artistas y acompañantes, tras hacer la “Feria Chica”. De espesas lonas, que protegían sus artísticas entrañas del frío y la lluvia, lucia un rectangular patio lleno de sillas de madera, asientos de bayón, sobre suelo de arena limpia. Hasta el llegaba el pueblo en un rizo de escape de la realidad circulante. Tiempos aquellos de penumbra urbana, apenas rota por unas peladas bombillas esquineras.

Lejanos resultan aquellos años, en los que aun no había descorrido Tamayo el velo de su “marco incomparable” y la ciudad chica alimentaba sus ilusiones festivas con pequeños acontecimientos intermitentes. Podía ser una “función” en el Maria Luisa, con ilusionista, prestidigitador, algún contorsionista, los “cantaores” y folklóricas de turno y un abanico de “variettés”. O una obra más solemne, de Casona por ejemplo, acorde con la moral circulante, en el escenario del Liceo. Aparte de eso no quedaba otra que esperar a la Feria Grande para llenar la plaza de Toros, con los artistas de España, Copla y Flamenco, aunque eso es materia de otra crónica. Así es que lo que quedaba para la interminable invernada eran aquellos “carpas” que buscaban el calor de su publico, Miércoles, Sábados y Domingos, que no daban para mas los bolsillos y que, según mi madre ya los conoció desde antes de la guerra. Debía de ser porque en Mérida siempre hubo una notable afición a la cosa de la “farándula” y el espectáculo en general.

Recuerdo bien que llegaba hasta aquel “estalache” de la mano de mis abuelos maternos, desde la casa de la esquina de Canovas que miraba la escena de las “Siete Sillas”. Nos recibía un baño de luz que se me antojaba promesa cierta de asombros y diversión, antídoto contra la rutina del trajín rutinario de nuestros juegos callejeros. Se rifaban muñecas, billeteros y algún reloj, mas extraordinariamente, mientras el personal se acomodaba a la espera ansiosa del espectáculo.

Lo primero era una función de teatro cuyo argumento presentaba a un apuesto joven errante en busca de su origen. Paralelamente, unos aristócratas, generalmente marqueses, lloraban aun la pérdida de su tierno infante, robado muchos años atrás por unos desalmados, con ocasión de un desafortunado viaje. Entre mil peripecias, con el amor de por medio entre el protagonista y una embelesada heredera, llega el ansiado final en el que el doncel vagabundo resulta ser aquel niño perdido y heredero universal, por tanto, de unos marqueses cercanos ya a la ancianidad. Toda una historia de suspense, melodrama y final feliz, boda incluida, que hacia verter muchas lagrimas en el respetable. El pueblo soñaba con esas historias imposibles, que ya se contaron desde Plauto, y reflejaba en ellas la felicidad que no encontraba alrededor. A los niños nos encantaban sus argumentos que se acomodaban mucho a los que despachaban en los seriales radiofónicos. Llamaban la atención lo atildados que iban los señores marqueses, con sus chaquetas cruzadas los hombres, sus trajes largos las señoras para que se viera la raya que separaba a las clases sociales.

Después de la parte seria llegaba la diversión, los chistes, las coplas, las variedades. Como por entonces el machismo dominante no permitía las desviaciones sexuales siempre quedaba la farándula para que “algunos” rodaran discretamente por los caminos del arte. Así es que no faltaban los hombres de esa condición, cantando, con pudoroso recato, coplas más propias de hembras. Una que solían llevar en el repertorio era “El Beso” – “la española cuando besa, es que besa de verdad….. – o aquella otra de ¡¡ Ay canastos ¡¡, que tanto éxito reportó a Luis Mariano y Gloria Lasso. Una cupletista de postín era “Flor de Valencia” de la que el presentador decía jocosamente que venia con su “tiesto”, en alusión a su madre, acompañante pertinaz de la moza como correspondía a una artista decente. El publico celebraba la ocurrencia y se “repateaba” en sus asientos. La traca final eran los cuadros de “variettés”, provocadores dentro de un orden, que recogían los más atronadores aplausos.

Así transcurrían aquellas veladas tan divertidas. Hubo teatrillos por la Rambla y alrededores del viejo Matadero Municipal, al final de las “Tenerías”, pero mas bien por las Ferias. E incluso en la terraza del Cine Ferroviario. Se recuerdan nombres de “Maravillas”, “Novedades”, “Enguidanos”, Mariló…… Los artistas y el “cuerpo técnico” solían alojarse en casas o habitaciones con derecho a cocina de la vecindad. Era lo que había y lo que daban de si aquellos bolsillos que vivían de lo que escasamente les sobraba a otros. Años mas tarde llegó a la plaza de Pizarro el nuevo y remozado “Teatro Avenida”. Ya no hacia teatro sino su gran espectáculo “arrevistado”, “Joyas de España” en el que algunos aseguran que vieron actuar a un joven llamado Manolo Escobar.

No muchos recuerdan aquel teatrillo ambulante, en la Plaza de Pizarro, pero yo no quiero olvidarlo. Ni dejar de pasar la ocasión para que permanezca en el alma colectiva de lo que fuimos. Porque en aquellos años de nuestra infancia, en los que los mayores pretendieron hacernos felices, algo aportaron aquellos artistas que encandilaban al pueblo para mostrarle otro ritmo de la vida. Ni más ficticio, ni más real. Solo un sueño, un destello de fantasía, un leve engaño.

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