Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida


 

Esperábamos semanalmente la aparición de los ejemplares de aventuras, en aquellas abigarradas tiendas, con olor a papel impreso, o en los kioscos que los exhibían, colgados en pinzas de tender la ropa.

El Guerrero del Antifaz venia de atrás y buscando los primeros números, trasteábamos cajones y maletas, entre fotos viejas, cartas releídas, una flamante brocha de afeitar y toda la quincallería imaginable.

Nos perdíamos con tanta reconquista, sospechando que algo se ocultaba al sostener algunos que Alikhan era el padre del guerrero o que Zoraida, la enamorada en secreto, nunca tendría opciones por la cosa religiosa, aunque para arreglarlo, pensábamos, bastaría su conversión a la fe del paladín. De todas formas estaba claro que la trama argumental nadaba y guardaba la ropa, ya que el guion exterior impedía entrar a saco contra la “morisma”. Estaban, no demasiado lejos todavía, las evidencias de una alianza, entre magrebíes y misas de campaña, para desgracia de liberales y rojerío múltiple, con el marchamo bendecido de cruzada y guerra santa. Y encima el Nodo, con Mohamed quinto visitando a un caudillo bajo palio y custodiado, al mismo tiempo, por la “guardia mora”. Así es que, con tanta barahúnda de mensajes contradictorios, el caballero del Antifaz, con todo lo mítico que pudiera resultar para la gente mayor, a nosotros no nos provocó excesivo delirio.

En nuestra escena general vivía Purk, “El hombre de Piedra”, moviéndose entre tribus de tiempos remotos y monstruos de antes del diluvio. Era la prehistoria en viñetas con su material bélico, versión sílex, de hachas y cavernas, hechiceros de pelos encrestados y tensión permanente, por los ataques de las horripilantes bestias. Cuando, muchos años después, el cine nos regaló “En busca del fuego”, no pudimos reprimir un paralelismo nostálgico, con nuestra particular gente megalítica en fascículos coleccionables.

“El Cachorro” terminó por convertirse en la gran estrella. Nos animaba el corazón de un muchacho que llegaba a las viñetas para comerse el universo oceánico de un Caribe que se tenia “engolitrado”. Mucho antes de que los “yanquis” inventaran a Rambo, para compensar el ”caneo” de Vietnam, ya teníamos los españoles un valiente y culto personaje que nos defendía de la perfidia inglesa y de la piratería judeo-masónica internacional. Un “Jeromin” post-Lepanto para uso de una generación, ajena al ocaso colonial, a la que mareaban con una dialéctica imperial desfasada. Así, frente a la hosca realidad de pana y propaganda, resultaba hermoso ver a los piratas Morgan y Quasimodo arrinconados en la isla Tortuga, mientras el imperio español navegaba a toda vela, protegido por aquel joven aristócrata. El problema se planteaba con la temida “calma chicha” y el bergantín en pleno Mar de los Sargazos, apresado entre la maraña vegetal. Y entre dibujos de mar, cañones y patas de palo, la frase de ¡¡ voto a bríos ¡¡ destapaba el sortilegio de un feroz enfrentamiento.

Roberto Alcázar y Piedrín representaban todo lo que la mayoría de los mozalbetes queríamos ser : Policías secretas a la española, viajando por el mundo y poniendo orden a fuerza de cachiporra, puñetazos y pistolas disimuladas, bajo los impecables ternos del protagonista o los pantalones bombachos y jerseys a rayas de su divertido ayudante. A todo esto el “Hombre Diabólico”, el enemigo visceral de la pareja, era el británico duque de Norfolk. No podía ser de otra manera, pendiente aun la venganza por la Armada Invencible y la afrenta de Gibraltar. Porque Roberto Alcázar – era un secreto a voces – reencarnaba al “ausente”, la leyenda de la que vivía, ideológica e interesadamente, el régimen que nos educaba.

Cuando estos personajes declinaron, coincidiendo con el contubernio de Munich y el desembarco de los tecnócratas, tomó cuerpo “El Capitán Trueno”, que nos llevó hasta América, antes que Colón y los vikingos – por si acaso – para presentarnos a los opulentos aztecas, volando en globos majestuosos y otros inventos, que hubiera envidiado el mismo Leonardo da Vinci. Con sus aventuras descubrimos la muralla china y las estepas rusas hasta llegar a Thule, junto a la reina Sigrid, el ideal amoroso del héroe. Devoramos con Goliath todas las vacas disponibles y aprendimos a sortear, con la astucia de Crispín, las innumerables trampas de sus perversos enemigos. Eran la versión hispana de los Caballeros de la “tabla redonda”, con sus decididos y elegantes lances de armas. Y sin despeinarse.

Con el Jabato asistimos al final de Cartago, rota por el el poderoso enemigo romano, entre grandes batallas, con elefantes, torres de asalto, catapultas, nubes de flechas y veloces carros de combate, arrastrados por briosos caballos. Cierto que todo aquello era un gazpacho histórico – con unos iberos de por medio – pero a la vista de lo que filmó luego Samuel Bronston, lo del Jabato es dogma de fe.

La verdad es que aprendimos mas geografía con estos personajes de ficción que en unos libros memorizados, que no tenían la chispa de nuestras lecturas compartidas en el revoltillo de la siesta, al frescor de un pasillo o en la semipenumbra de una escalera. Con ellos no pudieron Superman, Flash Gordón y Batman juntos. Ni los comics de Pilote que eran mucho arroz para nuestro francés de Instituto. Solo fueron desbordados por Verne, Salgari y otras apetencias literarias, junto al cine en dosis masiva.

Aunque ni todos los Errol Flynn, llenando las pantallas de Hollywood, podrían diluir la imagen del Cachorro, cuchillo entre los dientes, lanzándose al agua desde el ultimo palo del velamen, para rescatarnos del proceloso abismo de cualquier naufragio.

 

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