Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida

La noche urbana, cuando éramos niños, se prestaba al “suspense”. Y no era para menos porque la oscuridad reinaba en nuestras calles. Solo una bombilla, en cada esquina, se enfrentaba a las interminables y tenebrosas horas de los meses fríos. Poco podían aquellos mortecinos destellos contra la inquietante negrura de nuestros trayectos. Mas bien distorsionaban los volúmenes y proyectaban en las paredes las mas descabelladas figuras, que nuestras mentes interpretaban en clave de “canguelo”. Esto que cuento seria incomprensible para los niños de hoy, tan envueltos en un universo de claridad artificial que apenas diferencia el día de la noche, pero entonces los mundos de la luz y de las sombras estaban perfectamente definidos.

La calle se nos prestaba como un gran útero para el aprendizaje. Como no había televisión nos inventábamos otras formas con las que sorprendernos y generar adrenalina. Así es que, tras agotarnos en los rudos juegos al uso, nos sentábamos bajo alguna de aquellas bombillas esquineras y nos poníamos a desgranar “historias para no dormir”. Contábamos, de entrada, con el clima social favorable a la cosa truculenta, ya que por entonces circulaba una publicación especializada en delitos y monstruosidades, “El Caso”, que aportaba carburante al pueblo llano sobre la nomina de asesinos y sucesos a cual mas terrible. Cada semana traía la munición necesaria para que se descargara por los foros de publica concurrencia, especialmente en los mercados de abastos, tiendas de ultramarinos y “el Consumo”. Mantengo también la imagen diluida de un ciego, con su retablo cartelero, en el encuentro de Santa Eulalia y San Francisco, recitando el crimen de Inés María y otras abominaciones. Con todo ello, nosotros, a la luz inquietante de aquellas bombillas, manejábamos múltiples informaciones, reprocesadas con nuevos horrores, de tanto circular por los “mentideros” reseñados.

Nuestra noche, a la vista de los recuerdos, estaba infestada de peligros. No solo eran los que narraba “El Caso” sino los que nos metían en el cuerpo, para que saliéramos al mundo con la guardia montada. Era el miedo instintivo de nuestros mayores el que nos predisponía a la defensa. Y para ello se apoyaban en las inquietantes noticias de un personaje al que llamaban “el sacamantecas”. Solo oír ese nombre y la imaginación galopaba inventando su función. Se decía que tal facineroso recorría los pueblos buscando niños a los que extraer su sangre, para enfermos de “tisis” que pagaban muy bien los servicios. A partir de ahí se hacían mil conjeturas sobre al aprovechamiento de otros órganos humanos. O de nuestras “mantecas”, que eran utilizadas para otros usos. Hasta para engrasar maquinas de precisión que manejaban personajes diabólicos, en laboratorios subterráneos, parecidos a los que habíamos visto en las películas de Frankenstein. Este “sacamantecas”, tan socorrido para atemperar nuestras audacias nocturnas, parece ser que se basaba en las felonías de algún que otro asesino rural de finales del diecinueve y principios del veinte. Concretamente había ocurrido en Álava, con un destripador de prostitutas y en Almería, con la infame muerte de un niño a manos de un curandero y su cómplice. Aquellos hechos delictivos se habían propagado, como la pólvora, por todo el país, provocando reacciones lógicas de pavor y defensa.

En nuestros corrillos se describían, al detalle, pasajes de brujería, aparecidos de ultratumba, vampiros, hombres lobos, manos que surgían de la tierra haciendo presa en los caminantes, o seres variopintos con habilidades perversas. Claro que el ambiente general era propicio a los laberintos mentales. Solo con ver las lamparillas parpadeantes de las alcobas de nuestras abuelas, con las estampas policromadas de las animas y las fauces de la horrible serpiente de nuestro pecado original, humillada por la Virgen, nos poníamos a temblar. Y si encima de todo, con el primitivo infierno como trasfondo, no como ahora que el Vaticano pasa ya del punto, íbamos a la Iglesia, a remolque de nuestras madres, para escuchar predicar las “santas misiones”, las penas del mas allá nos resultaban horripilantes. No cabe duda de nuestra infancia estuvo trabada a un mundo de miedos, desde que nos dormían, a cuenta del «coco” que iba a venir, o del “tío del saco” que no andaba muy lejos. Lo mismo que nos enganchaba a la chabacanería y el machismo circulante, cuando cantábamos, como si tal cosa, aquello de “el tío bigotino, mató a su mujer, la pinchó en un palo y la puso a vender, la gente que pasaban, olían a tocino, era la mujer del tío bigotino”, premio mayor a la sordidez y la vulgaridad, a pesar de lo divertido que nos resultaba el trance. Era lo que daban de si aquellas calles en las que, llegada la noche, nos preveníamos contra cualquier extraño en forma de mendigo, vagabundo o afilador con retraso horario. Y si teníamos que ir solos a algún recado, un chasquido, una puerta entreabierta, una lechuza, el maullido de un gato o la sombra ampliada de una salamanquesa nos enfriaba la piel y salíamos a escape.

Las “mantarujas”, curiosa nomenclatura de exclusividad emeritense, no “pantarujas” como en el resto del territorio, se aparecían en los callejones solitarios, cubiertas con una sabana, al modo de los fantasmas clásicos, significadas como espectros de difuntos errantes, en busca de su descanso. Todo gira como un aquelarre, entre la imaginación y la noche de los tiempos, con el soporte milenario de las leyendas que nos legaron los Celtas. Tan cierto como cuando, acabado el Verano, vaciábamos las sandias, marcábamos sus ojos, la nariz y una boca inquietante. Luego colocábamos, en su interior, una vela encendida. Y ya teníamos el símbolo de todas las pesadillas, de todas las advocaciones. Esos ritos nos hacen creer que habitamos el mundo originario del que partió Halloween, “la noche de las brujas”. En esta franja megalítica del occidente europeo, entre la británica Stonehenge y las desembocaduras del Guadalquivir y del Guadiana. Justo donde la cultura celta, esa misteriosa civilización tan cuajada de supersticiones, fundió metales, pastoreó ganado y navegó los mares cercanos. Aquí, sobre este solar, en la patria solemne de nuestra infancia. Y de nuestros miedos atávicos a la noche.

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