Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida



Íbamos a la Escuela bordeando un campo de cebada que a nosotros nos parecía un mar inmenso. Caminábamos alegres al pendular compás de la cartera, ahora subiendo por el estrecho sendero, junto a la tapia del anfiteatro, luego bajando a la carrerilla, brazos extendidos como los aeroplanos que,roncos,monocordes y plateados, volaban sobre nuestras extasiadas miradas.

Era avanzado el Otoño, tarde incipiente, cuando aquel camino se hacia mas bullanguero, suave sol intermitente, entre nubes peregrinas, y naranja de postre a medio pelar. La orilla barruntaba agua, dijeron dos viejos que pasaban, aunque de sobras sabíamos nosotros que habría aguacero, porque nadie mejor que los niños adivinando el olor del futuro. Y aquella tarde la imaginábamos ya con aroma mojado.

La Escuela, caliente y espesa, aliento múltiple y brasero de maestro, rezumaba ese vaho envolvente en el que tan a gusto nos sentíamos, mejor si estabas junto a los ventanales, cerca de las lagartijas exteriores, las afanosas hormigas y los pájaros en lontananza. Aunque poco nos interesaba la docencia aquella tarde, pendientes como estábamos del agua que esperábamos. Además ya sabíamos de sobras que Dios era uno y trino, que el Tajo desembocaba en Lisboa y que Hernán Cortés conquistó Méjico. En resumen, que la regla de tres simple con sus cuentas de ovejas, porcentajes de ganancia y otras utilidades agrarias nos importaba un comino. Porque lo que de verdad queríamos aquella tarde era instruirnos en la ingeniería infantil de la construcción de presas. Y cuanto antes.

En esas, sonó rompedor el primer trueno y , casi sin espacio – tiempo , el repiqueteo de las gotas sobre los cristales se convirtió en una sinfonía desbocada. La tronera sucesiva, cumplida ya la hora de salida, abrió las torrenteras del cielo, colándose por algunos junquillos agrietados y tensando nuestra galopada contenida.

Con el primer claro salimos de estampida, sin atender las recomendaciones del maestro, volando hacia nuestros dominios callejeros para construir, entre chaparrón y chaparrón, todos los ingenios con los que retener el agua, hasta que la siguiente tromba masacrara el trabajo acelerado de aquel sistema de embalses que tapizaba la Ciudad. El barro “caleño” alcanzaba alta cotización, porque cerraba bien los huecos de las piedras y a veces aguantaba hasta un diluvio.

Luego, cuando “descampaba” y el agua seguía corriendo, reforzábamos los “dispositivos” y estrenábamos aquellas botas “katiuskas” – todavía me pregunto como el régimen permitió ese nombre, tan ruso – con las que dadas nuestras dotes adivinatorias, habíamos salido de casa. Con ellas aforábamos las capacidades, especialmente la hondura, de aquellos remansos. Mientras las niñas, en sus itinerarios colegiales de la docencia segregada, cantaban lo que habían aprendido de las abuelas, alentando el cambio estacional :

“ Que llueva, que llueva, la Virgen de las Cuevas
los pajarillos cantan, las nubes se levantan
que si, que no, que caiga un chaparrón
que rompa los cristales de la estación…………

Aquellas primeras lluvias, tras unos veranos de chicharras incansables y noches agobiantes, marcaban el respiro general de hombres y bestias. Poco importaba que el invierno acechara, a la vuelta de la esquina. Lo placentero estaba en la inmediatez de gozar una frontera que suavizaba los ánimos y renovaba la ropa.

Aprendimos entonces como, con el continuo lagrimeo del agua, corrían los regatos, crecían los arroyos y se desbordaba el gran rio. Y nosotros, testigos incansables de todos aquellos trances, llegábamos en descubiertas aventureras hasta el viejo puente para asistir al espectáculo repetido de aquella lengua café con leche , acelerada y creciente , que hacia trasladar a muchas familias de su orilla izquierda – el barrio “bizcocho” – al coso taurino, mientras amainaba el temporal.

Sentíamos la lluvia , en sus ciclos y ritmos , con la misma intensidad que la deseaban los labradores o con la intuición premonitoria con que detectan los animales los pasajes sísmicos. Sucedió así mientras fuimos niños y dejó de impactarnos cuando perdimos la ingenuidad por los intrincados caminos del asfalto.

Aun así, quizás porque los años nos alejan y nos acercan, no puedo eludir el recuerdo de aquel campo de cebada en el que, muchas veces, cuando volvía a reinar el sol , encontrábamos monedas, floreando sobre la tierra, sin saber que debajo estaba Roma, como nos contaba aquel hombre sabio del Museo cuando le llevábamos, con veneración, aquella “calderilla” de bronce. Ocurría cuando el tiempo de las lluvias.

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