Antonio Vélez Sánchez 

Ex – Alcalde de Mérida

Hoy serian incomprensibles aquellos veranos. Ni siquiera el regadío se había generalizado y las brisas del atardecer traían olores a rastrojeras de cereal trillado. Los aires acondicionados, ni de lejos. El frío, la gran conquista del Sur, no estaba aun en la cotidianidad y el clima, áspero y seco, torturaba los cuerpos y las mentes hasta sumirlos en la resignación, como si el fogoneo ambiental no fuera mas que un castigo divino, cíclicamente instalado en estos pagos. “Extrema y dura”, era la expresión resignada con la que el pueblo modificaba la etimología histórica, acuñada cuando los leoneses se aprestaron a la reconquista de las tierras de “más allá del Duero”.

Lo más avanzado que disfrutábamos era el hielo que se fabricaba por el sistema tradicional de evaporar amoniaco. Se repartía en carros, con ruedas de goma y arrastrados por burros o mulos pequeños. En la casa del cliente entraba la barra, transportada con unos ganchos que hacían de mordaza. De esa guisa se recebaban, a diario, aquellas aparatosas “neveras”, exteriormente lacadas de blanco y forradas por dentro de corcho, entre planchas de zinc. No siendo eléctricas, solo la capacidad aislante de la cáscara del alcornoque producía el milagro de mantener el frío. Se cargaban por la cabeza, donde se ponían las cervezas, gaseosas, tarros de gazpacho y el vino, junto al hielo. En los entrepaños del gran cajón se colocaban los alimentos. El agua derretida circulaba por serpentines y se recogía en el fondo. Lo de las “neveras” si que era un invento y no las “fresqueras”, con sus telas mosquiteras, que lo más que hacían era conservar los restos de la cena hasta por la mañana, aprovechando el “relente”.

Ya inventariaron, sobradamente, los Cronistas, las factorías de Mérida que fabricaban hielo: La Camerana, La Francesa, Pedro “Matacabra….., aunque de las correrías de infancia quiero recordar la de Zacarías Silva, “Zasíl”, en Suárez Somonte. Sobre todo por Matamoros, repartidor de la firma y amigo nuestro. Con el entrábamos en aquella industria, con la importancia que eso nos daba. Otra, con su con su torre de madera y el agua circulando hasta las “tinas” de enfriamiento, estaba en Pontezuelas, debajo de la “Policía Armada”, donde después se instalaron Resti y sus jamones. Como formaba parte de nuestros dominios, por allí andábamos todo el día, zascandileando.

Lo que se despachaba en artilugios eléctricos eran los ventiladores. Los lucia el Liceo en su cine y eran iguales a los que salían en “Casablanca”, con Humphrey Bógart haciendo de duro. Bajo ellos nos sentíamos importantes, de tan majestuosas y lentas como giraban sus aspas blancas. Colgaban del techo en los bancos, sociedades y cafeterías. Los había de sobremesa, protegidos con una parrilla, para evitar accidentes. Eran veloces y se nos antojaban hélices de aeroplanos. De la marca “Hurricane”, carcasa negra y aspas de metal bronceado, eran los mejores y más caros. Oscilaban en un radio de ciento ochenta grados, mientras nosotros esperábamos sus ráfagas intermitentes, como la brisa salvadora. No faltaban en los despachos de la gente importante, como elementos de diferenciación.

El pueblo no alcanzaba a gozar estos avances tecnológicos de forma generalizada. Resultaban caras las neveras y los ventiladores consumían electricidad. Así es que había que recurrir a sistemas asequibles, que costaran pocas “perras”. Los más socorridos eran los botijos y cantaros que mantenían el agua fresca por el milagro de la evaporación, a través de los poros del barro, robando calor al agua de dentro. Si había pozo en el corral, se bajaban las botellas en una cesta y cuando, al cabo de unas horas, tirábamos de la cuerda parecía que traíamos la mercancía desde el polo sur.

Las señoras estaban todo el día con los abanicos, dándose aire, mientras los cerraban y abrían con un arte que a nosotros nos maravillaba, por la rapidez y contundencia de sus movimientos. Eran hermosos objetos, montados en varillas de hueso, con decoraciones folkloristas en sus telas. Dormían en los cajones, sobreviviendo a las generaciones familiares. Sus hermanos chicos eran de cartón, casi de usar y tirar, y los llamábamos pay – pays. Servían de reclamos publicitarios y no estaba mal visto que los utilizaran los varones.

Los helados eran un alivio y se vendían por las calles en aquellos tambores, forrados de corcho y con ruedas. Cada vez que se levantaba la tapa, para “rebañar”, con el sacabocados, la masa helada hasta el cucurucho, se nos hacia la boca agua. Y no digo nada cuando llegaron los “cortes”, que eran la modernidad, lo máximo. A veces hacíamos aquella masa en casa, a base de dar vueltas a la manivela de la heladera, mezclando vainilla y materias primas, pero no sabían lo mismo que los ambulantes o los de “Los Valencianos”. Los polos eran más asequibles y resultones, porque duraban mas, a pesar de los chupetones que les dábamos hasta llegar al palo. Parecía que nos iba la vida en ello. Los “raspaos” eran la salida proletaria, la mas barata. Tomarse una gaseosa de la Camerana, en los veladores de su local del Rastro, era cosa de los domingos- tarde y tenia su ritual. Lo mismo que apretar un sifón y ver salir su chorro, disparado y tumultuoso, cuando acompañaba nuestras comidas. O la cerveza “de barril” que encantaba a los mayores. Como los refrescos de “zarzaparrilla”, a nosotros.

Los grifos de los patios refrigeraban nuestra piel, entre peleas acuáticas de la tropa menuda, justo hasta que empezaba el “parte” y la comida. Los baños de los Domingos, la familia en pleno, en “la Charca” o en el río, eran la modalidad colectiva de combatir los agobios. Y en última instancia, una sociedad tan cercana como aquella apuraba su tiempo, adentrándose en la noche, en busca de una promesa de frescor, entre las lechuzas y los grillos. Sentados a las puertas, prestos al palique intrascendente, se anudaban los afectos de la vecindad, al tiempo de doblegarse, por el sueño, la cansina bravura de los niños.

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